La economía política de la guerra mundial

La economía política de la guerra mundial

Escribe Jorge Altamira (PO-T), 20 de mayo de 2021.

La guerra que la Otan ha desatado contra Rusia no se libra sólo en el campo militar y la agresión cibernética, sino en el de las sanciones económicas en una escala sin precedentes. El dólar, como patrón monetario internacional, se ha convertido en lo que nunca dejó de ser – un arma de guerra. A cuenta de la futura reconstrucción de Ucrania, Estados Unidos ha confiscado 350 mil millones de dólares de las reservas internacionales de Rusia. Las sanciones económicas contra cualquier comercio o transacción financiera con Rusia ha dislocado el mercado internacional. Ha agravado las consecuencias económicas que desató la pandemia, al adicionar a la ruptura de las cadenas internacionales de producción la ruptura de las cadenas de crédito y de pagos. La pandemia y por sobre todo la guerra imperialista han convertido a una economía mundial deflacionaria en inflacionaria. La sobreproducción crónica ha sido sustituída por un mercado deficitario de alimentos, minerales, materias primas e insumos industriales, en especial fertilizantes, petróleo y gas. El crecimiento abultado del endeudamiento, como ocurre en períodos de deflación, con relación a la inversión y el consumo, enfrenta ahora la tendencia opuesta – la desvalorización del crédito, la devaluación de las monedas, el retiro de capitales y las quiebras. La fragilidad del sistema financiero internacional quedó expuesta en marzo de 2020, cuando la Bolsa de Nueva York colapsó ante el anuncio de la irrupción de la pandemia y la perspectiva de suspensión de las actividades laborales. Volvió a dejar expuesta, de este modo, una característica fundamental de las crisis capitalistas, que es la desaparición del dinero cuando se descontaba una enorme liquidez – aunque en este caso a una escala colosal.

Para contrarrestar la irrupción de la inflación, el Banco Central de Estados Unidos, la Fed, ha iniciado una suba en cuotas de la tasa de interés de referencia general. Abandonó así la caracterización de que la suba inflacionaria era circunstancial o transitorio. Defendiendo el valor de la moneda, entiende defender el valor de las carteras de los acreedores. Entiende generar una corriente de dinero que refinancie las deudas públicas y privadas. La respuesta de la Bolsa, a nivel internacional, fue una sonora caída – la lista más negociada en Nueva York ha caído casi un 20 por ciento. Las más golpeadas fueron las acciones que cotizaban más alto, las tecnológicas, que se han desplomado un 40 por ciento. La relación entre el precio de esas acciones y las ganancias de las compañías eran las más elevadas desde… 1881 (Financial Times, 11/5). El efecto de una suba de tasas es retraer el consumo, lo que es visto como el anuncio de una recesión, que disminuirá los beneficios capitalistas. Las comerciaizadores de bienes de consumo personal han acusado el impacto: Target, Walmart, Cosco, Unilever han presentado balances con reducciones elevadas de ganancias.

El propósito de la Fed es ajustar la demanda a la oferta, o sea deprimir los salarios más allá de lo que ya ha hecho la inflación: la caída del salario real en el último año ha sido, en Estados Unidos, la más rápida de la historia (FT, 11/5, Martin Wolf). Como la oferta de mercancías está condicionada por la guerra, el ajuste de la demanda no tiene un límite de tiempo ni de monto. Es que el problema de la inflación no tiene que ver, en este caso, con un asunto de demanda, sino de producción y costos de producción, que no podrían ser recortados por una suba de intereses. Como en toda guerra mundial, el método, para la circunstancia, es el racionamiento. Llegar a ese extremo derribaría el mercado financiero. La contradicción ha quedado bien nítida en la prensa británica. “Ajusten aun cuando la economía se hunde”, reclama con furia el Comité Editorial del Financial Times (17/5). Responde, en estos duros términos, a un planteo del presidente del Banco de Inglaterra, Andrew Bailey, que había dicho ante el Parlamento “que no era mucho lo que se podía hacer con el 80% (de las causas de la inflación)” y que “la Fed no tenía real idea acerca de ella”. Para el Comité Editorial, Bailey “sonó apocalíptico”. Sea como fuere, esa es la causa por la que, por el momento, los bancos centrales de Europa, China y Japón, no han seguido el rumbo que adoptó la Fed. La secretaria del Tesoro de Estados Unidos, Janet Yellen, llegó a la conclusión de que una suba de tasas de interés frente a una inflación propulsada por los costos de producción y no por la demanda, debe llevar a una “estanflación” – una recesión que no reduce la inflación, de carácter “global”.

La bomba nuclear de la inflación, para no salir del tema bélico, pasa por el derrumbe que podría provocar en el mercado financiero, lo que muchos dan por seguro. “Un aterrizaje suave es … improbable”, vuelve a decir Martin Wolf. Explica: “hay altísimos niveles de deuda dolarizada a nivel mundial” y, además, “el precio de los activos (acciones, bonos, hipotecas) también han alcanzado niveles extremos”. No se trataría de una recesión, sino de una bancarrota – en medio de la guerra. Cuando Biden y Zelensky descuentan el desplome del rublo, algo que no ha ocurrido, lo que asoma es una crisis bursátil y bancaria; las sanciones se convertirían en un bumerán. El valor de los bonos basura, que se transan a 70 centavos de dólar, dice el FT (4/5), subieron a 27 mil millones de dólares desde los 14 mil millones que representaban al final de 2021. Las compañías endeudadas tendrán dificultades para refinanciarse a mayores tasas de interés. Los bonos que se negocian un 10% por encima de los del Tesoro norteamericano están subiendo”. En la semana ha crecido el retiro de dinero de los fondos mutuos y de corto plazo.

La amenaza de default se extiende a las tarjetas de crédito, bonos hipotecarios y países endeudados. La irrupción de la pandemia tuvo lugar en un mercado que ya se encontraba amenazado por la bancarrota; la evitó el socorro gigantesco que pusieron sobre la mesa los bancos centrales. Pero el crash de las tecnológicos se había reanudado el año pasado. El alto nivel especulativo de estas compañías las hace muy vulnerables a subas de la tasa de interés; por eso se derrumba especialmente el Nasdaq, donde seis ‘tecnos’ dominan el 60% de las transacciones. El problema, de nuevo, es que la “profundidad” del mercado, en estas circunstancias, está en duda, o sea la capacidad de refinanciar a deudores que no pueden saldar sus obligaciones. Hay riesgos de liquidez, estrechez del mercado de deuda del Tesoro norteamericano. Es lo que subraya The Economist: “el adelgazamiento” de la liquidez de este mercado de deuda pública, dice, puede llevar a “una parálisis”.El hundimiento del Bitcoin es una expresión de este derrumbe potencial de la liquidez internacional

La Fed tiene en su cartera 9 billones de títulos públicos -6 billones en bonos del Tesoro y 3.9 en hipotecarios- sobre un total de 23 billones de dólares, una deuda pública del ciento por ciento del PBI. El Banco pretende descargar la mayor parte de esa deuda en el mercado durante el año, sin seguridad de quiénes serían sus compradores – no Rusia, por supuesto. El candidato podría ser Japón, cuyo mercado financiero se encuentra en bajante, pero enfrenta el aumento considerable de los seguros que acompañan a la compra de deuda. El déficit comercial USA, por otra parte, ha alcanzado el 1.5 billón anual, lo que implicó un recorte del 3.2 del PBI. La posición inversora internacional de EEUU es negativa en 18 billones de dólares, o sea que es fuertemente deudora. El país que maneja el sistema financiero internacional es deficitario financieramente, y por lo tanto vulnerable a una salida de capitales. La situación opuesta, exactamente, a la imperante en la segunda guerra mundial. El imperialismo estadounidense depende de una victoria en la guerra contra Rusia para conservar un precario dominio mundial.

La pandemia, la guerra y la crisis financiera ha provocado grandes alteraciones en los mercados mundiales. Una suba de tasas, por parte del Banco Central Europeo, tendrá un efecto demoledor en los países socios más alcanzados por la guerra y por el aumento del precio de los combustibles. Volvería a poner en crisis la deuda pública de Italia, ni hablar de la de Turquía, que enfrenta una salida constante de capitales. El otro afectado, Gran Bretaña, tiene a la libra esterlina en el nivel más bajo en mucho tiempo en medio de una contracción económica, Lo mismo ocurre con la lira turca, el yen japonés e incluso la moneda de China.

La demanda internacional de China no sacará a la economía mundial de esta crisis, cuando ella misma se encuentra acosada por la crisis del sector inmobiliario, que representa el 25% del PBI, y de los bancos asociados a la especulación inmobiliaria. También en China las ‘tecno’ han registrado la mayor caída en la Bolsa, en parte por sanciones internacionales, en otra parte por la reestructuración que les ha impuesto el gobierno por ‘abusos de mercado’. A esto se suma una irrupción en Shanghai, el centro económico de China.

La caracterización de la guerra en desarrollo no puede obviar esta enorme crisis del conjunto de la economía mundial. Plantea la exigencia de una enorme reestructuración de toda la política mundial y las relaciones internacionales. Para usar un lenguaje en boga, plantea una cuestión “existencial” para todas las potencias en conflicto. El primer aspecto es una reestructuración de las relaciones de trabajo, en la línea de la precarización generalizada, el mundo convertido en Bangladesh. Apunta a un conflicto de alcance planetario, como es el dominio internacional de un imperialismo en decadencia. El impacto de esta guerra y de esta crisis forzará a la movilización de todas las clases sociales y de todas las naciones. Es el escenario que pondrá en choque la salida del fascismo o la salida de la revolución socialista.