¡Abajo el proceso constituyente de la burguesía y su gobierno! ¡Por una Asamblea Constituyente Libre y Soberana!

Por Partido Obrero Revolucionario, 15 de enero de 2020.

Para próximo 26 de abril quedó fijado el referéndum que el gobierno estableció para aprobar el cambio de la Constitución creada en 1980. El periodo revolucionario inaugurado en octubre del año pasado ha cuestionado rotundamente el orden jurídico-institucional heredado de la dictadura y ha puesto como eje de la situación política nacional la reivindicación de una Asamblea Constituyente libre y soberana. El tema es tratamiento obligado de todas las clases en pugna.

Contexto histórico.

El golpe de Estado de 1973 fue la respuesta de la clase dominante contra el desarrollo político independiente de la clase obrera, que se manifestó en el surgimiento de los cordones industriales como gérmenes de doble poder y en el fracaso de la Unidad Popular para mantener al movimiento de masas en el marco de la legalidad burguesa. Pero no sólo eso; también fue la respuesta de la burguesía nacional frente a la crisis capitalista que, por aquellos años, veía como se disparaba el precio del crudo por la decisión tomada por la Organización de Países Árabes Exportadores de Petróleo de cancelar las exportaciones de combustible a Israel, Estados Unidos y a sus aliados de guerra, cuyo efecto se refractó en una fenomenal espiral inflacionaria de la economía mundial.

El conjunto de medidas llevadas adelante por la Junta Militar se tradujo, en la práctica, en una guerra social abierta contra el proletariado que vió cómo se reducía su sueldo cerca de un 60% respecto a 1970 y cómo los aparatos represivos destruían sus organizaciones sindicales. Al tiempo que se liberaba el comercio exterior, se privatizaban las empresas estatales, el sistema de pensiones, la educación, la salud, el transporte, etc. Así, en Chile, la imposición a sangre y fuego del modelo capitalista a lo largo de su historia ha dado como resultado una de las sociedades más desiguales del mundo, al punto que ha sido destacada por la prensa internacional progresista debido a la extrema concentración de la riqueza en manos de un puñado de explotadores, frente a los agudos niveles de socialización de la miseria.

La lucha de clases, que estalló sin velo alguno en octubre del año pasado, abre un periodo revolucionario que decreta el fin del modelo social consagrado en la constitución espuria de 1980, cuya administración -por todos los gobiernos democráticos- sólo contribuyó a su fortalecimiento como instrumento de explotación y opresión de clase. En este sentido, aunque la movilización de masas constituye una respuesta instintiva, en ningún caso responde a un carácter espontáneo. Prueba de lo anterior, es que las principales consignas del movimiento (excepto “Fuera Piñera” y “Asamblea Constituyente”) hace años que se han venido expresando en un programa que reflota y se construye en cada lucha aislada y parcial de la clase obrera: la lucha por educación y salud gratuita, por NO + AFP, las luchas de los sindicatos en defensa del trabajo y el salario, etc. Asimismo, las asambleas populares y los métodos de autodefensa de la “Primera Línea” empalman con los métodos históricos de lucha de la clase obrera, representados en los años 70’s por los Cordones Industriales, las Juntas de Abastecimiento y Control de Precios y los Comandos Comunales; en los años 80’s por las jornadas de lucha contra la dictadura; y más recientemente por las asambleas populares e insurrecciones de Aysén, Freirina, Quintero, Puchuncaví, etc.

La crisis de la burguesía y su gobierno.

Ocurre que el gigantesco salto tecnológico observado en las últimas décadas ha determinado el desarrollo de la llamada “cuarta revolución industrial”, cuya repercusión en los niveles de automatización de las cadenas productivas viene cuestionando la base del capitalismo en términos de su relación con la extracción del excedente económico, a saber: la plusvalía. Así, la disminución extraordinaria del trabajo socialmente necesario para producir y satisfacer las necesidades de la humanidad, ha provocado un impasse mortal en el conjunto de las relaciones sociales imperantes. Las salidas de la clase dominante frente a las constantes crisis de sobreproducción que ha enfrentado el capitalismo bajo la lógica anterior, han consistido en descargar los costos de esas crisis en la humanidad en general y en la clase trabajadora mundial en particular. Más aún: cada crisis que se sucede es la acumulación de contradicciones no resueltas de la coyuntura anterior. Esto ha quedado cruelmente en evidencia para la generaciones más jóvenes que han visto como, desde el comienzo de la presente crisis, la burguesía ha reforzado su papel como clase dirigente no sin hipotecar la supervivencia de la humanidad como especie.

Al reforzamiento del papel parasitario del capital financiero que desde 2007/2008 ha dado curso a un autorescate sistemático -que va desde los multimillonarios salvatajes de la banca en aquel ‘crash’ bursatil, de los bancos centrales como en 2015 en Grecia, Irlanda y Portugal, hasta la política de flexibilización cuantitativa que ha alimentando la recompra de acciones de una economía obsoleta mediante la masiva emisión de dinero adulterado a tasas de interés negativas-, se suma la perspectiva de un colapso medioambiental y el auge de tendencias fascistas como expresión de la impotencia de la burguesía de pilotear una transición hacia un salto civilizatorio que de cuenta de su necesidad histórica de perpetuar el régimen de propiedad privada mediante métodos pacífico-democráticos.

Como ha quedado demostrado en América Latina -luego de las experiencias de gobiernos nacionalistas y democratizantes que dominaron la agenda política buena parte de las últimas dos décadas-, las burguesías criollas han claudicado olímpicamente frente a las potencias imperialistas, sumiendo a sus respectivas clases obreras a una mayor desmoralización, al tiempo que aumentaron los niveles de explotación y opresión de las masas y el medioambiente. Lo anterior, ha generado crisis institucionales y profundas bancarrotas de los programas socialdemócratas y reformistas, así como también ha abierto paso a regímenes que pretenden imponer mediante los métodos del Estado de excepción el programa actual del imperialismo yanqui, cuyo lineamiento ha estado marcado por la ruptura de la figura ideológica de la “Comunidad Internacional” y la escalada de la política de la guerra imperialista.

Respecto del gobierno, su crisis se venía incubando desde antes del estallido de la revolución. Piñera llegó al gobierno con el programa del FMI bajo el brazo y aquel estuvo marcado por el desarrollo de la crisis capitalista que estalló entre los años 2007 y 2008 que, como decíamos, amenaza a la economía capitalista mundial y a todo el orden social que deviene de ella. En este marco, el gobierno de Piñera pretendió oficiar una nueva ofensiva capitalista sustentada en el ataque a las ya precarias condiciones de vida de las y los trabajadores. Así, hasta poco antes iniciada la revolución, Piñera juntaba votos con la DC en el Parlamento para sacar adelante sus polémicas iniciativas de ley. Ejemplo de esto es la reforma laboral que, por cierto, persigue dos objetivos: por un lado, flexibilizar aun más la jornada laboral y, por otro, atacar a los sindicatos para restarles poder para negociar. La reforma tributaria y la reforma al sistema de pensiones, dictadas a la carta por el FMI, son otros ejemplos del “paquetazo” contra la clase trabajadora. Lo anterior, sumado al estancamiento/retroceso de salarios, a los masivos despidos y a los constantes y abultados aumentos en las tarifas de los servicios, fueron el combustible que se regó en la pradera chilena, previa al estallido de la revolución.

Coyuntura.

Como ha quedado demostrado en calles y plazas a lo largo y ancho de todo el país, el proceso iniciado el 18 de octubre pasado es síntesis y suma de cada una de las expresiones de sufrimiento y lucha del pueblo. Con la consigna “no son treinta pesos, son treinta años”, el movimiento de masas dejó claro que su repudio apunta a todas las contradicciones que milicos y “Chicago boys” preñaron en dictadura y que, pasando por todos los gobiernos de turno, han madurado hasta el día de hoy. Además, desde el mismo momento en que las masas irrumpieron en la escena política nacional, han determinado el curso político para conseguir sus objetivos a través de las consignas “Fuera Piñera” y “Asamblea Constituyente”.

A pesar de la envergadura de la crisis a la que nos ha arrastrado la burguesía, ella y su gobierno han intentado cabalgarla sin ninguna intención real de cambiar el orden social vigente. Todo lo contrario: ha enfrentado las demandas sociales con una brutal represión y con un simulacro de Asamblea Constituyente. Respecto a la represión, cabe destacar que los 30 muertos, los centenares de personas mutiladas y aquellos que han perdido definitivamente la vista, están en la misma línea de la criminalización de la protesta social del gobierno, cuya política alcanza a los miles de luchadores presos, a otros miles de perseguidos, al tiempo que se extiende toda una agenda legislativa que apunta a vandalizar la actividad política de las masas. Así lo demuestra la aprobación el pasado 13 de enero -con votos de gobierno y oposición- de lo que es probablemente el paquete represivo más contundente de los últimos años: la ley “anti-todo” prohíbe que los explotados irrumpan con sus métodos propios, castigando con cárcel inclusive una acción tan inofensiva como “el que baila pasa”.

En cuanto al “acuerdo por la paz y una nueva Constitución” -firmado la madrugada del 15 de noviembre por casi todos los partidos del régimen- fue, por un lado, una maniobra desesperada para buscar un equilibrio que, aunque precario, pudiera decantar una solución “pacífico-democrática” entre la radicalidad de las reivindicaciones y la acción de las masas en lucha que amenaza con llevarse puesto al gobierno. Por otro lado, el acuerdo buscaba evitar una salida golpista clásica con plenitud de poderes del Ejército en las calles tal y como lo han reconocido dirigentes del Frente Amplio: o se firmaba el acuerdo o, a la mañana siguiente, los milicos salían a la calle.

Por su parte, el arco de la oposición, lejos de validar el reclamo de las masas, ha jugado un papel profundamente desmoralizador y contrarrevolucionario, ya que ha hecho todo lo posible para legitimar la continuidad política del gobierno y del Congreso. En este sentido, el Frente Amplio y el Partido Comunista han acompañado desde el comienzo el simulacro constituyente del gobierno. Su pánico a las masas y su obsesión común por contener la movilización popular han quedado al desnudo en el seguidismo político sin principios que han manifestado, llevando a su militancia a sumarse “con globos y cotillón” al develado simulacro y claudicando en las condiciones mínimas que inclusive ellos mismos habían establecido previamente para su participación.

Perspectivas.

La izquierda revolucionaria -que ha entrado en este proceso sin una perspectiva de poder- debe desarrollar rápidamente las condiciones subjetivas necesarias para seguir jalonando el desarrollo político independiente de la clase obrera y las masas en lucha. En este marco, la creación de un Frente Único de trabajadores y la construcción de un Partido Obrero que acaudille la lucha por un gobierno de las y los trabajadores, se encuentran a la orden del día.

La militancia revolucionaria tiene que redoblar sus esfuerzos para rechazar el simulacro constituyente del gobierno y liquidar el poder político de Piñera. Esta es la condición elemental para el establecimiento de una Asamblea Constituyente Soberana, que tendrá como primera tarea llevar a cabo la lucha por el poder real lo cual significa, en última instancia, el desmantelamiento de las fuerzas armadas para establecer milicias obreras y populares a lo largo del país.

El desarrollo del proceso revolucionario impone el objetivo de revolucionar las organizaciones de masas que impulsan este proceso. Es por ello que nuestra intervención en estos organismos debe estimular la creación de los órganos de poder autónomo propios de las masas. Junto a la creación, fortalecimiento y multiplicación de las asambleas territoriales, las y los revolucionarios debemos apuntalar la creación y coordinación de sindicatos clasistas para combatir a la burocracia; construir consejos obreros que se sumen a las luchas de las asambleas; y la creación de un Consejo Nacional de Trabajadoras y Trabajadores, compuestos por delegados electos y revocables, para asumir el poder político del proletariado.

En nuestro país se manifiestan todas las contradicciones de una transición histórica. Tanto las fuerzas reaccionarias de los resabios pinochetistas como las fuerzas democratizantes de conciliación de clases, buscan distorsionar la reivindicación de Asamblea Constituyente impuesta por las masas para mellar su componente revolucionario independiente e imponer el ángulo conciliador. Frente a ello, las y los revolucionarios debemos luchar amparados por la claridad de que la Asamblea Constituyente Libre y Soberana representa un pilar político fundamental como puente entre la crisis política, la rebelión popular y un gobierno de las y los trabajadores.

Finalmente, debemos impulsar una gran labor de deliberación entre las y los revolucionarios y la clase obrera para alertar que, el conjunto de contradicciones que atraviesa Chile, es también el magro velo que cubre el combate de clase contra clase y, por tanto, el antagonismo irreconciliable entre revolución y contrarrevolución.

Por el derecho a salud y educación gratuita.
NO + AFP
Por un salario mínimo de $500.000.
No más despidos. Distribución de las horas de trabajo entre ocupados y desocupados, sin afectar el salario.
Por la defensa del medio ambiente y fin al extractivismo.
Por la defensa de la niñes: abolición de SENAME (creación de organismos independiente de cuidado y protección).
Contra las violaciones, los femicidios y la violencia patriarcal.
Contra la corrupción generalizada en el Estado.
Contra las violaciones a los DD.HH. Por la creación de una comisión independiente de verdad y justicia.
Por el juicio y castigo a todos los responsables de los asesinatos, violaciones y mutilaciones.
Por la libertad de todas y todos los presos políticos del régimen.
FUERA PIÑERA.
ASAMBLEA CONSTITUYENTE LIBRE Y SOBERANA.